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Síndrome de la arteria mesentérica superior: cuando una enfermedad poco frecuente representa un reto diagnóstico

Síndrome de la arteria mesentérica superior: cuando una enfermedad poco frecuente representa un reto diagnóstico

Bogotá D.C., 7 de septiembre de 2026. En la práctica clínica, existen patologías cuya baja incidencia puede dificultar su reconocimiento oportuno. Una de ellas es el síndrome de la arteria mesentérica superior (SAMS), también conocido como síndrome de Wilkie, una entidad poco frecuente caracterizada por la compresión de la tercera porción del duodeno entre la arteria mesentérica superior y la aorta abdominal. Esta alteración anatómica ocasiona una obstrucción parcial o completa del tránsito intestinal y genera manifestaciones gastrointestinales que pueden confundirse fácilmente con enfermedades de mayor prevalencia (1,2,3).

Aunque su incidencia se estima entre el 0,013 % y el 0,1 % de la población, el síndrome representa un desafío para los equipos de salud debido a la inespecificidad de sus manifestaciones clínicas. Fue descrito inicialmente por Carl Von Rokitansky en 1842 y, posteriormente, David Wilkie amplió su caracterización clínica y terapéutica, razón por la cual esta entidad también lleva su nombre (2,3).

Desde el punto de vista fisiopatológico, el síndrome se produce cuando disminuye el ángulo formado entre la aorta abdominal y la arteria mesentérica superior, provocando la compresión del duodeno y la consecuente obstrucción del tránsito intestinal. Aunque puede tener un origen congénito, la mayoría de los casos se relacionan con pérdida importante de peso, intervenciones quirúrgicas, inmovilizaciones prolongadas o enfermedades que reducen el tejido adiposo que protege estas estructuras anatómicas. No obstante, también puede presentarse en pacientes sin factores predisponentes evidentes, lo que incrementa la complejidad de su identificación (3,4,5,7).

Las manifestaciones clínicas más frecuentes incluyen dolor abdominal posprandial, náuseas, vómito persistente, saciedad temprana, anorexia y pérdida de peso. Debido a que estos síntomas son comunes a otras enfermedades gastrointestinales, el diagnóstico suele retrasarse. En este contexto, la evaluación clínica debe complementarse con estudios de imagen, especialmente tomografía computarizada o ecografía abdominal; sin embargo, su interpretación siempre debe realizarse de manera integrada con la evolución clínica del paciente (1,5,8).

Otro aspecto de especial relevancia es que el diagnóstico no debe sustentarse exclusivamente en los hallazgos imagenológicos. La evidencia muestra que, en algunos pacientes, los estudios iniciales pueden interpretarse como normales si no existe una sospecha diagnóstica dirigida. Por ello, la correlación entre la historia clínica, la evolución del paciente y la revisión detallada de las imágenes constituye un elemento esencial para lograr un diagnóstico oportuno y orientar adecuadamente el tratamiento (1,3,5).

El manejo es escalonado. Inicialmente se recomienda un tratamiento conservador basado en soporte nutricional, recuperación del estado nutricional y medidas orientadas a disminuir la compresión duodenal (9,10,11). Cuando estas intervenciones no logran una respuesta clínica favorable, el manejo quirúrgico, particularmente la anastomosis duodenoyeyunal, se considera la alternativa terapéutica con mejores resultados reportados en la literatura (6,10–12).

A pesar de los avances en el conocimiento de esta enfermedad, el síndrome de la arteria mesentérica superior continúa siendo una entidad poco documentada en población pediátrica y adolescente, especialmente en Latinoamérica. La escasez de casos publicados y la ausencia de guías de práctica clínica específicas resaltan el valor de los reportes de caso como una herramienta para compartir experiencias, ampliar el conocimiento sobre enfermedades poco frecuentes y fortalecer el razonamiento clínico de los profesionales de la salud. Además, contribuyen a sensibilizar a los equipos asistenciales sobre la importancia de incluir esta entidad dentro del diagnóstico diferencial en pacientes con síntomas gastrointestinales persistentes y evolución clínica atípica (1–3,13,14).

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